No libros, no libres

Irene 15 Abr 2003 5 comentarios

Siempre me impresionó ver la cantidad de fotocopias que circulan en la universidad. Y sobre todo me hace pensar en los autores y en las imprentas. Ya ni hablar de los diseñadores.
Siempre pienso en que si en vez de fotocopias se vendieran ediciones económicas, saldrían lo mismo, se beneficiarían los autores, impresores y alumnos. Incluso he pensado en que se podría hacer algún sistema de e-paper o de publicación en internet, para poder “alquilar” el libro mientras estudiás y así el autor recibiría lo que se merece. Pero es demasiado moderno para un país tan quebrado. Mientras escribo esto, en la tele cuentan la historia de una chica que la tiraron a la vía y murió, todo para robarle 70 centavos.
Pero esto no es menor, esto es parte importante de la crisis. Porque finalmente un autor que cobra, es un autor con trabajo, una familia que vive de eso. Además de un pais que se enriquece y crece. Y muestra lo poco que se valora un producto justo donde se lo produce, donde debería valorarse más que en ningún otro lado.
Pero aquí estamos, dando de comer a quienes no producen cultura, sino que la denigran. Y ni hablar de las mafias dueñas de las fotocopiadoras, que suelen tener relación con los centros de estudiantes y directivos.
En mi ex-facultad hay fotocopiadoras dentro de la biblioteca y no tienen límite. Pueden copiarte todo un libro sin problemas. También hay máquinas que las manejás vos mismo, incluso.
Pero tal vez lo más triste es que los profesores ya no pueden luchar, ya bajaron los brazos y no piden los textos, solo dicen que vayas a buscar los apuntes.
¿El libro ya no vale nada?

Ayudémonos, compremos libros. Uno por mes, al menos, quienes podamos. No seamos ciegos, no produzcamos nuestra propia muerte cultural.

A continuación la nota de La U, que despertó este comentario.

En el camino hacia un país sin lectores

Los libros ya no forman parte del paisaje de las universidades argentinas. Su lugar lo ocupan las fotocopias. La caída en la producción de textos académicos no se detiene.

Cuando los directores de cine de los setenta tenían que filmar a un estudiante universitario, no dudaban: vestían a un joven o a una chica con jeans, le hacían memorizar un guión con modismos pretendidamente “modernos”, le encastraban un cigarrillo en los labios y le daban uno o dos libros para que los acomode en el sobaco. En treinta años, ese estereotipo varió poco, pero de manera fundamental. Hoy es muy difícil -no hay más que plantarse un rato frente a cualquier facultad para comprobarlo- encontrar a un chico o una chica entrando o saliendo de una universidad con un libro en sus manos.
El distanciamiento que se produjo entre la universidad y el libro -dos términos que deberían ser casi sinónimos- se puede corroborar en varios ámbitos.
Uno de ellos es el de la industria editorial. Hoy, las empresas argentinas dedicadas a publicar textos académicos -en todo el país no quedan más de 40- están pasando por la peor crisis de su historia.
Para comenzar a hablar de ese punto, Aníbal Giacone, presidente de Ediciones Nueva Visión, afirma que los estudiantes compran muy pocos libros. “Eso sucede, en parte, porque los profesores y los ayudantes compran muy poco. Se han bastardeado mucho los textos en todas las carreras”, protesta.
La Cámara Argentina del Libro individualizó hace tiempo la principal amenaza para el texto universitario: las fotocopias. Para darle batalla formó la Comisión de Reprografía. Carlos de Santos, presidente de Manantial y una de las voces cantantes de esa comisión, asegura que la caída del libro en la consideración de la comunidad académica no golpea sólo a quienes imprimen textos. “Es grave que las editoriales no vendan -reconoce-, porque si no hay venta no hay reimpresión, pero menos aún hay nueva producción. Entonces, el problema es más complejo. Es común para nosotros que vengan profesores a ofrecer textos, pero nosotros no los podemos publicar porque no los vamos a vender. Así se afecta muchísimo la producción de contenidos en Argentina. Si no hay autores argentinos, no hay posibilidad de ediciones argentinas”.
Giacone es un poco más pesimista en ese punto, y asegura que a los autores locales “no les interesa escribir”. “Ha desaparecido la voluntad de escribir, por la falta de repercusión”, concluye.
Ese es uno de los tramos del círculo vicioso: el otro es que, en promedio, los títulos más vendidos entre los universitarios fueron escritos hace treinta o cuarenta años.
Aunque no hay estadísticas confiables, se podría decir que el “envejecimiento” de los contenidos académicos es aún mayor que el que se enuncia en el párrafo anterior. Entre los “top ten” del fotocopiado, se encuentran autores como Sigmund Freud -muerto en 1939-, Karl Marx -no respira desde 1883-, Anthony Giddens -cuyo libro más famoso se escribió hace veinte años-, Michel Foucault -muerto en 1984- y Karl Popper, quien escribió su texto más citado durante la Segunda Guerra Mundial. No es la intención de estas referencias minar la importancia de los autores “clásicos”, pero sí mostrar que la producción de conocimiento es una máquina con varios engranajes trabados.
Una recorrida por los alrededores de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA -se eligió esa como muestra sólo porque es la casa de estudios más poblada del país, con una plantilla de 60.000 estudiantes- sirve para ilustrar el avance de la reina Xerox sobre los herederos de Gutemberg.
En las calles que la circundan hay ocho librerías y 21 casas de copiado con más de un centenar de fotocopiadoras en conjunto. Un lunes al mediodía, la U pudo comprobar que en todas las librerías sumadas había cinco potenciales clientes. Frente a las fotocopiadoras, por el contrario, había 74 compradores.
Dentro del edificio de la Facultad, el panorama no es muy distinto. Allí existen tres fotocopiadoras y dos librerías, una de las cuales se dedica casi exclusivamente a vender cuadernillos con los contenidos de UBA XXI, un formato al cual sólo un optimista patológico se atrevería a considerarlo libro.
“A diferencia de otras épocas -asegura Carlos Díaz, de la editorial Siglo XXI, para poner en claro el cambio de los hábitos de estudio-, hoy es muy común que una persona termine una carrera universitaria y que toda su biblioteca esté conformada por veinte libros. Eso sí: tienen tres o cuatro cajas de apuntes guardadas en un placard”.
El paisaje de la Plaza Houssay también sirve como muestra de la tendencia. Allí, los puestos de libros usados perdieron hace rato la guerra contra los vendedores de adornos para el pelo, bijouterie, zapatos, ropa y cinturones. Libreros quedan cinco, artesanos y revendedores de lo que sea hay 24. Los días de sol, la oferta de chucherías -y la afluencia de compradores- crece.
Para el lector desprevenido, conviene recordar que en las cercanías de esa plaza se agolpan al menos siete centros académicos, a los cuales acuden semanalmente cerca de 100.000 estudiantes y varios centenares de profesores.
Pero las copias ingresaron también a los recintos más venerados por los defensores de la letra impresa: las bibliotecas. El mismo lunes al mediodía, en las salas de lectura de Económicas había cerca de 140 personas. La mitad de ellos tenían ante sus ojos papel fotocopiado.
Hay que decir también que este maltrato del libro no es exclusivo de las bibliotecas universitarias. La Biblioteca del Congreso -en donde debería descansar al menos una copia de cada libro que se imprime en el país- cuenta con decenas de fotocopiadoras y las colas que se forman frente a ellas suelen exceder por mucho las que se arman en el mostrador de solicitud de textos.
Del mismo modo, si se considera toda la industria editorial y no sólo la que se dirige a los universitarios, aparece la crisis del libro en toda su dimensión. Datos de la Agencia Argentina de ISBN -que lleva la cuenta de todos los textos que se publican en el país- indican que el año pasado se imprimieron 33.708.268 ejemplares.
Si se comparan esas cifras con las de 2001 -58.811.527 impresos- surge que la caída del rubro alcanza un 43 por ciento. Hay que hacer en este caso una aclaración. Una buena parte de los textos que se edita cada año son reimpresiones, con lo cual la producción genuina de libros nuevos se reduce de forma considerable.
Pero hay otras variaciones que se produjeron en la publicación de los textos dirigidos a estudiantes del nivel superior. Las propias editoriales aseguran que hoy es casi imposible encontrar tiradas mayores a los 2.000 ejemplares, un dato que hace subir los precios. La otra especie en peligro de extinción son los libros con más de 160 páginas. Hoy, “hay que ser muy valiente” -según palabras de un conocedor del negocio- para editar un “mamotreto” de más de 300 carillas.

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5 comentarios

  • Daat says:

    hablando de libros y librerías… me gustan esos libros que se compran en “librerías de viejos”, usados, ya gastados por los años, ya vividos y leídos por otras vidas…

  • irene says:

    Cuando son usados me da una sensación de descubrimiento doble, porque me creo que es único, que ya no hay otros como este. Y de cierta manera es único, como decís, con una vida a cuestas, una historia.

  • maiteNa says:

    me enCanta enconTrAR libRos “vividoS”, libRos con paginas que ya fUeRon iLuminadas poR otRos ojoS y eStan caRgadOs de nuevos siGnificadoS, ni habLar de cUando encUentRo aLguna que oTra eScirtura en lapiZ de muchoS años atRas, muy magiCo.
    las fOtocopias sON una degeneRacion, el paPeL no eS sensiBle como el de lOs libRos (no me pRegunten siquieRa poRque les doy ese adjeTivo, pero me suenan a eSO), ademas las fotocopias de pintura y diSeño son una gRan maNcha, hoy me dieRonu nas copias de análisis de ojos, bocas y demas y es terrible, una peRdida de todo lo aRtiStico que se pUEda apReciar, una lástima tener qu eSTudiar asi…

  • Bueno, acá está mi respuesta sobre los libros de texto universitarios, los otros pueden seguir como están.

    Yo tengo una idea, que puede parecer nueva en Argentina, pero es vieja en otras partes. Se puede resumir asi: que los libros de texto universitarios sean legalmente fotocopiables, copiados, regalados, comercializados en cualquier forma siempre que se conserve la nota de copyright.
    El tema de los puestos de trabajo me tiene sin cuidado, diseñadores, editores y todo ese manejo, puede verse beneficiado porque cualquiera pueda tomar el texto y editarlo (estéticamente) como se le de la gana, enchapado en oro para el que pueda pagarlo y economico para gente como yo. Cada uno podria editar ese texto, e intentar venderlo, eso si, no podran evitar que el comprador lo fotocopie, claro que si la edicion lo vale, cualquiera preferirá comprarlo.

    ¿Acaso no dice en los CDs, “El disco es cultura”, bueno, por eso mismo a difundirlo lo maximo posible.
    Creo que hay mas industria de la cultura que cultura.

    Aca les dejo un enlace de una Enciclopedia Libre Wikipedia y otro a la licencia que yo propongo: FDL.

    Cualquiera tiene mi permiso para copiar este comentario bajo esa licencia, no he leido la Creative Commons, pero seran parecidas.

  • Irene says:

    Nicolás, lo que llamás libros de texto niversitarios, son libros, como cualquier otro, solo que son tan buenos (didácticos, por ejemplo) que se usan para estudiar.
    Sé de casos de libros editados especialmente, pero son los menos.
    No entiendo tu ejemplo de los cd’s, porque los cd’s se venden, y bien caros.
    No estoy de acuerdo que todo lo cultural deba ser obligadamente libre. Porque sino estaríamos conminando a los productores de cultura a dejar de generar, porque no podrían vivir de ello.
    Sí es interesante que quienes quieran hacerlo tengan un marco legal, por ejemplo.