The Big Picture

Irene 7 Nov 2008 4 comentarios

Foto The Big Picture, con unas fotos geniales

Lo que pasa con EEUU no me es indiferente. Como muchos, a veces siento odio y otras admiración por su cultura.

Hace meses me sorprendí a mi misma escuchando con interés a Hillary Clinton y a  Obama, como si fueran elecciones en mi país. Pero es que no podía dejar de estar fascinada por las implicancias de un cambio así en un país al que muchos miran como ejemplo.

Hoy leo un post muy interesante en Mirá como tiemblo, donde comparte las impresiones de un estudiante (Berkeley, California), que nos cuenta desde adentro como se vive el triunfo de Obama:

Bueno, al final ganó Obama. Como dijo hoy acá en Berkeley Marcelo Birmajer, por segunda vez en menos de un siglo los norteamericanos salvaron al mundo de los nazis. Perdieron los guerreros, y Barack Hussein, en su discurso de anoche, habló de paz, por eso (y por la gracia del champán) salí a festejar. Lo más lindo fue ver a mucha gente llorando de emoción -en la tele y en la calle- como si se hubiese roto un maleficio, o mejor, varios: el de la ultraderecha en el poder, el de la apatía popular hacia la política, el del miedo (a los terroristas, a la crisis, a su vez hijo del miedo a los comunistas, a los japoneses, a los negros, a los indios…) como factor político principal, y uno que condensa en parte a los otros, que es el de la así llamada “supremacía blanca”. La hija de Martin Luther King apareció en la tele, para la conmoción generalizada. Por supuesto, los papelitos y bocinazos del festejo argentino son cien veces más expresivos, mediterráneos, poderosos, que los agudos “yyyahou!” con la cerveza en la mano de los yanquis, pero de todos modos la algarabía popular era evidente, al menos en los barrios más juveniles de San Francisco y la bahía. (A propósito, sentí como nunca la diferencia mayor entre las ciudades anglo e iberoamericanas: al terminar de comer y mirar los resultados, pensé “¡vamos a la plaza!” pero claro, “la” plaza acá no existe…) Como sea, el mensaje de Obama de que negros, blancos, latinos, asiáticos, indígenas, gay y straight estamos todos unidos fue la apoteosis del Sueño Americano tal como es entendido en la costa oeste.Gané varias apuestas, todas debido a que los yanquis progres (los únicos con los que tengo contacto directo) estaban tan asustados del poder del Mal (fraude, ataque nuclear, asesinato de Obama a manos de una célula del KKK, etc.), que todos me miraban de costado cuando decía que era evidente que los demócratas iban a arrasar, y así gané cenas, cervezas y prestigio encuestoral. Como cuando mi padre me contaba que en 1983 hasta los alfonsinistas creían que ganaba el peronismo, como una dato inamovible de la naturaleza, acá traducido como que el pueblo yanqui, “The Real America” son una banda de racistas y no hay vuelta que darle. Pero no. Este país es tan complejo, diverso y enquilombado, que esa imagen no se sostiene. Por supuesto que está lleno de racistas, y McCain, cuyo mayor mérito es haber participado de la larga, sangrienta, y fracasada invasión a Vietnam, sacó nada menos que el 46% de los votos en medio de una crisis económica fenomenal y de 8 años de desastre republicano. Pero el punto es que el otro 52 % (a propósito, votaron como 120 millones de personas en un país de voto optativo, más del 60% de los habilitados), esa mayoría triunfante también es The Real America, y me permitió ganar mi apuesta.

Pero lo interesante, novedoso y original del hecho de que Obama sea Obama (me refiero a él como persona, no como sujeto político), es que su historia personal (papá keniano, mamá de Kansas, estudios en Boston, carrera en Chicago, cristiano, criado cerca de los pastores del movimiento por los derechos civiles) pone en primer plano algo que ya era evidente (más evidente en California que en Wyoming, claro), evidente en la gastronomía y la música, la moda y los acentos, la diversidad de caras y apellidos que se ven en la política municipal, en la escuela, en la calle, en las universidades, pero que estaba como taponado en las estructuras más duras del poder: los alambres que atan a una sociedad dinámica y diversa con la elite política tradicional se cortaron por primera vez en la cima del sistema de representación (la presidencia).

Cada vez que le pregunto a alguien “¿de dónde sos?”, la respuesta en 9 de cada diez casos es “mis padres son de X”. Pongamos, Colombia. Yo re-pregunto, “No, yo te pregunté de donde sos VOS, no tus padres”. Insisten: “Soy Colombiano, o sea, mis padres son colombianos, yo nací en Miami y me crié en Houston”. Se puede reemplazar Colombia por Corea o Noruega, es lo mismo: la identidad es la historia de los desplazamientos de los padres hasta llegar a los EEUU, y es algo que se define por la negativa (colombiano, o coreano o noruego, como algo distinto a lo norteamericano, entendido como la mayoría “blanca” (dicho sea de paso, la categoría de “blancos” es algo que se viene ampliando desde hace 300 años: primero los anglosajones, sin irlandeses ni judíos ni italianos ni franceses; después, todos esos juntos contra los negros). Como sea, el tema de los orígenes es fundamental, y desde luego, los orígenes son algo que se narra, son una historia, y en este sentido la historia de Obama no encaja en ninguno de los relatos establecidos, y sí representa los millones de relatos diversos, diversísimos, encarnados en la gente que hoy tiene de cuarentaypico para abajo. Esas pesonas son las que en todo el país salieron a hacer campaña, esta vez como norteamericanos, por Obama.

La otra cara, la cara política de esto, que Obama puso de manifiesto, es un nacionalismo democrático multiétnico, no clasista (ricos y pobres estamos juntos) pero sí igualitarista (justicia y oportunidades para todos). Una especie de apelación al orgullo de ser norteamericanos dirigido a un electorado heterogéneo pero ansioso de participar del patriotismo democrático, reformista, tolerante, de tonos religiosos en cuanto al fervor y la creencia en fines superiores pero totalmente secular y laico en sus planteos concretos. Por supuesto, no se apartó (jamás podría) de la retórica “excepcionalista”, o sea la idea de que los EEUU tienen una misión y una historia que lo distinguen de cualquier otro pueblo sobre la tierra –igual que los judíos ortodoxos. Y por supuesto su última oración fue “God bless America”. Y por supuesto se refirió a los soldados en Irak y Afganistán como valientes protectores de nuestra libertad. Bueno, parece que sí, que es cierto lo que Atilio Borón y otras luminarias del pensamiento político nos enseñan, parece que Obama no es Trotsky y que el capitalismo, el imperialismo y el Pentágono no van a cambiar de la noche a la mañana. Un análisis brillante, una conclusión inesperada! O sea que es lo mismo que haya ganado Obama a que lo haya hecho una banda de lobbystas de la industria armamentista, petrolera, evangélica, racista, antiabortista, multiplicadora de guerras, campos de concentración y terror mediático, cuyas políticas se reducen a quitarle impuestos a los ricos, desregular el mercado financiero, salvarlo con dinero público si es necesario y para ello desfinanciar las agencias públicas que dan techo a los ancianos, comida a los pobres, educación a los niños, hospitales a los asalariados, y así…

Volviendo de la fantasía a la realidad, o mejor, a lo imaginario y colectivo, lo más conmovedor del discurso fue el arco histórico que trazó Obama, como en canto de voz y respuesta religioso, a partir del caso de la viejita negra de 106 años que fue a votar el martes: ¿Qué pasó en 106 años? Sus padres fueron esclavos, y esta mujer votó en una elecciones que consagraron presidente a un negro (y el público en coro: yes, we can); salimos de la crisis del 30 con políticas de bienestar (yes, we can); le ganamos a los nazis (yes, we can); llegamos a la luna (yes, we can); le ganamos a los rusos (yes, we can), conectamos al mundo entero, como nunca antes, con nuestra tecnología (yes, we can). Claro, no mencionó Hiroshima ni Guantánamo. Pero la pregunta que planteó fue cómo será el mundo dentro de 106 años, y la respuesta: el fruto de la paz y de la convivencia. Después de 8 años de guerra mundial, retórica racista-religiosa y terrorismo de estado, después de 25 años de neoliberalismo, y después de tres siglos de presidentes blancos, es toda una diferencia. Y para mí, después de apenas un año y algo de tratar de entender a estos bichos raros que son los yanquis, es también una alegría.

Chin chin
Pablo

Foto The Big Picture | Vía alt1040

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